viernes, 31 de julio de 2015

Un mundo por descubrir

Después de haber estado corriendo durante largo tiempo, necesito algo frío para calmarme. Mi respiración se entrecorta, mi pecho sube y baja con poca diferencia de segundos. El corazón me bombea rápidamente siguiendo un compás bumbum-bumbum. El olor a humedad entra por mis orificios nasales, es fuerte y a la vez agobiante. Es difícil respirar profundamente cuando lo único que inspiro es aire caliente. Pequeñas gotitas de sudor previamente acumuladas en mi frente, van descendiendo lentamente una por una, pasando por el entrecejo hasta la punta de la nariz, donde se acumulan convirtiéndose en una densa y grande gota de sudor que termina por aterrizar en el húmedo suelo negro.


Las altas copas de los árboles y sus ramificaciones impiden ver el cielo.  ¿Qué color tendrá hoy? Pequeños rayos de luz roja que se filtran entre las grandes hojas permiten iluminar levemente aquel lugar oscurecido. Todo está rodeado de extrañas plantaciones, que con la diversidad de colores, hacen de aquel lugar algo mágico y misterioso. Decían que antes todo era seco, cubierto por una arena  oscura y espesa. Y que a lo lejos de allí se divisaba un horizonte de agua, donde la arena y el agua se mezclaban. No me lo puedo imaginar. Tan solo hay plantas y más plantas. A penas se escucha nada, está todo en silencio, demasiado silencio, pero sí se puede distinguir el ruido de agua, probablemente una cascada, con fuertes chorros que descienden con presión hasta chocar con un lago. Debería ir allí.
Entonces como si nada, el silencio se rompe por el chasquido de una rama. Lo siento, sé que está aquí, me doy la vuelta y de las profundas y grandes hojas, se distinguen unos ojos del color del oro. Luminosos en esa oscuridad oculta, unos ojos fáciles de reconocer, son tres ojos que siguen con atención mis movimientos. Me mantengo en guardia, no lo pierdo de vista. Poco a poco, va deslizándose sigilosamente fuera de su escondite, los rayos de luz van mostrando ese cuerpo, primero el rostro cubierto de un pelaje anaranjado, salpicado por unas manchas verdes. Seguido de unas grandes patas, que cubiertas de extraños símbolos, como si fueran tatuajes que llegan a todas las demás partes del cuerpo. Finalmente se muestra totalmente ante la luz a escasos metros de mí. Nos miramos profundamente, sin decirnos nada. Entonces él empieza a desplazarse lentamente en círculos, observándome como si fuera su próxima presa. Yo no le pierdo de vista en ningún momento puesto que al mínimo fallo puedo caer bajo sus garras. Llevo en mi mano derecha la lanza, con la punta muy afilada.

De repente abre su enorme mandíbula, mostrando sus grandes colmillos blancos y emite un gruñido ensordecedor. Yo le respondo, gruño también como un animal sacando la bestia que llevo dentro. Enfrentándome a él y retándole. Ya no sé quién es más animal si él o yo, los dos buscamos la misma cosa.
En segundos, como si de la nada, se lanza a mi cuerpo, y caemos los dos al suelo. Yo de espaldas y el encima de mí, levanto la lanza de forma horizontal, que me sirva de escudo para evitar que esa boca me consiga morder, interpongo el palo, por lo que en un intento de morderme, cruje sus dientes contra él.  La cercanía de su boca hace que pueda oler su aliento apestoso a carne cruda de presas anteriores, lo que me revuelve el estómago.  Pero sus largas pezuñas consiguen clavarse en mis costillas perforando profundos agujeros, saliendo de ellas una sustancia oscura que mancha mi camiseta de rojo. Entonces cojo impulso y de una patada, con toda mi fuerza, lo aparto. La bestia termina cayendo sobre la tierra, pero mientras se incorpora yo ya estoy en pie y con la mano derecha estiro el brazo detrás de mí y lanzo son sutileza y puntería la lanza, directa a su pecho. Esta se clava directamente de una estacada dando en el blanco. Lo que hace que se quede inmóvil y en segundos se derrumbe en el suelo con un seco golpe.
Me acerco despacio, y compruebo que su respiración disminuye levemente hasta silenciarse. Yo era su presa, pero él para mí también. Con las dos manos arranco la lanza de su pecho, ahora manchada de sangre, y lentamente la voy clavando sobre la piel, para poder arrancarle el pelaje. Termino manchándome de sangre. Vuelvo a clavar la lanza, pero esta vez deseo hacerme con una de sus patas traseras. A la altura del muslo, consigo hundirlo profundamente y cortarlo. El olor es fuerte, es la sangre, nunca había olido tan fuerte. Con las dos manos tiro de la pata, con fuerza hasta terminar de descolgarse, y lo llevo a mi boca. Mis labios juegan rozando el trozo, hasta que mis dientes toman contacto y le dan un mordisco profundo, mastico y mastico a un ritmo bastante ansioso. La carne cruda, es difícil de masticar, así que trago bastantes trozos seguidos.
Finalmente, me levanto y escuchando todavía el sonido del agua, me dirijo hacia aquella cascada oculta tras unos matorrales. Es pequeña, me siento en la orilla y al tocar con una de mis manos el agua, está caliente, como si hubiese sido calentada con fuego. Pero las ansías de beber pueden conmigo, y formando un cuenco con las manos llenas de sangre, cojo agua y la dirijo a mi boca. Sensaciones extrañas y no satisfactorias pasan por mi mente al beberla, solo hace que tenga más sed.  Un sabor un tanto oxigenado y caliente pasan por mi paladar.

Al poco rato miro los estragos que ha dejado este percance sobre mí, pero ya no hay nada, solo un trozo de uña clavado en mi costado. Lo arranco con los dedos pero las heridas desaparecen, ya no hay sangre ni abertura por la que pueda salir. Han pasado muchos años desde que pude dejar de sentir el dolor, desapareció, no hay rasguños. No hay manera de escapar de este mundo, si antes la muerte era la única salida, ahora todas las posibilidades están agotadas.

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